miércoles, 7 de junio de 2017

El cuadro. Capítulo 18



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Polígono Industrial El Álamo, Fuenlabrada, Madrid. Cinco de la mañana.

Un hombre entró en una nave aparentemente abandonada. Solo el cartel de metal con el nombre “Maderas Leuce” hacía referencia al tipo de actividad. No se apreciaban sistemas de seguridad como alarmas, cámaras de video vigilancia o sensores. Incluso las luces exteriores permanecían apagadas.

El hombre, de estatura media, corpulento y con la cabeza rapada, abrió la puerta metálica con total sigilo y entró. Todo estaba oscuro. La luz de la luna apenas entraba por los grandes ventanales plomizos dando una atmósfera lúgubre. Ante él había palés, cajas y montañas de madera apiladas como edificios pardos cuya disposición creaba una serie de laberínticos pasillos que conducían al centro. Como tantas veces, caminó entre la penumbra hasta que, a lo lejos, fue surgiendo un suave resplandor azulado. Al llegar al centro de la nave se detuvo y sonrió en una leve mueca. Había mucho trabajo por delante.

Avanzó unos metros hasta un sofisticado sistema informático compuesto por un servidor, varias pantallas y dispositivos electrónicos. Miró cada una de las pantallas en las que había gráficos, hojas de cálculo, informes y mensajes donde se mostraban en tiempo real los análisis financieros internacionales. Estaba conectado a las más importantes bases de datos bursátiles y medios de información financieros. Dejó la chaqueta de cuero en el respaldo de la silla, miró su reloj digital y se sentó frente a una de las pantallas. «Ya es hora de dar el siguiente paso», pensó. Respiró profundamente y comenzó a entrar en los principales bancos europeos. En cada uno había cuentas de empresas pertenecientes al empresario ruso Dmitri Prestupleniye, concretamente aquellas encuadradas en la División Latinoamericana. El hombre entró en cada cuenta transfiriendo pequeñas cantidades de dinero con destino a otras tantas en paraísos fiscales pertenecientes a sociedades offshore o sociedades opacas: Islas Bermudas, Islas Caimán, Singapur, Las Bahamas, Hong Kong, Jersey e Islas Vírgenes Británicas. Meses antes había abierto sociedades en aquellos territorios exentos de impuestos y donde los operadores económicos gozaban del total anonimato gracias al secreto bancario. Sin embargo, lo que nadie esperaría, cuando se supiera de la existencia de las nuevas sociedades y las cuentas bancarias en los paraísos fiscales, es que todas ellas estaban a nombre de Ignacio Gorján.

Faltaban pocas horas para que abrieran las bolsas europeas. Sería entonces cuando comenzara a comprar y vender acciones en un intento de llamar la atención. El fraude debía darse a conocer por medio de movimientos sospechosos bien preparados. Luego, a media mañana, haría lo mismo en las bolsas estadounidenses: NASDAQ y NYSE.

Sobre las once de la mañana se levantó para prepararse otro café en una improvisada cocina. Estaba satisfecho por el giro que estaban dando los acontecimientos. Todo salía como había planeado. Nadie se enteraría. El sistema estaba conectado a internet a través de una serie de enlaces, consiguiendo enrutar el flujo de datos por nodos ubicados en distintos países. Esto hacía muy difícil llegar hasta él. No fue lo mismo que el otro trabajo, cuando se introdujo en el sistema de la tienda de antigüedades para desconectar las cámaras de vigilancia y la alarma. Aquello fue premeditado, para que supieran quien estaba detrás.

Volvió hacia la mesa y pulsó el ratón. En una de las pantallas se abrió una ventana que contenía la imagen de la fachada de la tienda de antigüedades. No se trataba de una fotografía. Era la imagen de una cámara de vigilancia situada en el edificio de enfrente. Cogió su tablet y comprobó que las mismas imágenes aparecieran en el dispositivo. En el lado inferior de la pantalla había varios botones que llevaban a otras tantas cámaras. Volvió a sonreír como un cazador vigilando de cerca sus presas.


Apagó la tablet y volvió a sentarse frente a las pantallas. Tomó un sorbo de café y con calma se remangó la camisa. A medida que descubría el brazo izquierdo pudo verse el tatuaje de un pentagrama invertido dentro de una serpiente enroscada.