viernes, 17 de marzo de 2017

El cuadro. Capítulo 2


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El edificio de la tienda de antigüedades era antiguo, como el barrio de Universidad, con su fachada de ladrillo, recordando las viejas fábricas del Madrid de primeros de siglo, grandes ventanales y amplias habitaciones. Esperó unos minutos a que Isabel Menat mirara por la cámara de seguridad y luego subió al segundo piso. Allí estaba dando vueltas mientras consumía un cigarrillo rubio. Hacía tiempo que había dejado de fumar y sustituido por la meditación, pero aquella situación la había desbordado hasta el punto de recurrir nuevamente al viejo vicio. Por todo el suelo había libros de arte, botes abiertos de disolventes, barnices, pinturas, pinceles, caballetes y todas las herramientas de precisión. Seguía vestida con falda estrecha gris y chaqueta compañera sobre camisa blanca.

-¿Estás bien? -preguntó Rubén al ver todo revuelto.

-Sí. Aún no he mirado si falta algo, quería esperarte. Las cámaras estaban desactivadas. Alguien entró en el sistema.

-Hablaré mañana con BJ a ver si puede hacer un rastreo. ¿Has llamado a la policía? -Isabel negó con la cabeza mientras encendía otro cigarro y recogía los libros del suelo-. Bueno, primero revisaremos la tienda para ver si se han llevado algo de valor. Hay que descubrir qué buscaban en concreto. Por cierto -Rubén se descolgó el tubo portalienzos-, hay que guardar el cuadro en el sótano.

Por un momento mudó el rostro de Isabel, como si entrara en una especie de trance que la hiciera olvidar el caos del estudio. Aún con el cansancio y sobresalto de la intromisión, sus ojos esmeraldas brillaron con una intensidad sorprendente. Pronto dibujó una sonrisa que la tranquilizó.

-Veo que lo has conseguido. Déjame verlo -lo sacó del tubo y con mucho cuidado fue desenrollándolo en su mesa de trabajo-. Es sensacional. Desfile en la Plaza Roja, del realismo socialista, 1937, oleo sobre lienzo -se apartó para ver la pintura desde otra perspectiva-. Aún sigo sin comprender como sus contemporáneos eclipsaron la obra de Víktor Petrograd. Afortunadamente sus cuadros no terminaron como algunas de las pinturas de Brodsky.

-¿A qué te refieres?

Miró a Rubén con cara divertida.

-¿No te acuerdas? Isaac Bordsky, un pintor tan realista al que tuvieron que retirar un cuadro del segundo Congreso de la Internacional Comunista porque salían muchos de los líderes que Stalin quitó de en medio. Afortunadamente Petrograd supo a quién poner en primer plano.
Siguió observando el óleo unos minutos, recorriendo toda la plaza con los soldados en formación frente a un Stalin supremo, idolatrado. En eso consistía el arte y su técnica, en un instrumento al servicio de la doctrina para engrandecer a sus líderes y ensalzar las virtudes de la clase obrera y la revolución. Stalin llamaba a los artistas “ingenieros de almas”, convirtiéndose en una corriente artística oficial de la Unión Soviética.

Pronto se oscureció la mirada de Isabel saliendo de sus propios pensamientos hacia una realidad más cruda. Dio una chupada al cigarro y exhaló con desazón. Volvió a enrollar el lienzo y guardarlo en el tubo.

-Bien, voy al sótano a guardarlo -dijo afligida-. Mañana lo analizaremos antes de entregarlo a nuestro cliente.

-Mientras tú lo guardas, daré una vuelta por la tienda para revisarlo todo.

A través de una escalera de caracol Rubén llegó a la planta baja, destinada fundamentalmente a muebles, esculturas y objetos grandes. Era un espacio amplio, dividido en varios salones con estilos distintos. El más espacioso y principal era el salón Isabelino, elegante y fastuoso, parecido al estilo Imperio. Las paredes solía decorarlas con molduras de madera en blanco y papel de diseños florales sencillos, color beige, contrarrestando la pesadez de los muebles y alcanzando mayor amplitud a la estancia. Sin embargo, eran las lámparas de sobremesa las que daban un ambiente cálido, confortable y acogedor. Situadas estratégicamente, dispersaban una suave luz dorada por los armarios, aparadores, cómodas, vitrinas, consolas o escritorios de caoba, haciendo brillar las cubiertas de bronce y marqueterías. El pasear por aquel lugar, entre tallas, porcelanas, tapices, cuadros y apliques dorados, era un placer para los sentidos, un viaje al pasado. Incluso los sillones y sofás, tapizados con muchos relieves, tallas en los brazos e incrustaciones de metal y boj, invitaban a sentarse plácidamente a tomar café o disfrutar de largas charlas entre amigos. De hecho, cuando sacaba un nuevo catálogo exclusivo, solía preparar el salón Isabelino para acoger a los cliente selectos. Era el lugar idóneo para impresionar con las nuevas adquisiciones entre música de cámara, champagne y aperitivos. En otras ocasiones, organizaba recitales de poesía, su segunda afición.

Las otras salas albergaban muebles y objetos de distintos estilos. A continuación del salón Isabelino estaba el Renacentista y Manierista, reiterando las formas de arquitectura clásica. Había de todo, armarios de paneles tallados con figuras geométricas, puertezuelas, herrajes con clavos de cobre; bargueños de boj tallados y adornados con incrustaciones de oro, marfil, taracea, hueso o ébano e infinitos cajones en su interior con sus correspondientes gavetas; las típicas mesas de grueso tablero de taracea, unidas por rígidas chambranas torneadas; sillones fraileros forrados de brocado o terciopelo; y sillas de roble, forradas el respaldo y asiento con anea o cuero clavado y la chambrana tallada con relieves. Imperaba más el estilo renacentista español, de influencia mudéjar.

El tercer salón acogía muebles exóticos como los indios y chinos. Entre los indios resaltaban las cómodas de palo de rosa o Sheesham, ricas en ornamentos tallados que adquirían una fuerza espiritual. No faltaban las pequeñas mesas de opio para tomar café, las alfombras de seda y lana con motivos florales y persas o los tapices de lino y seda con episodios religiosos y fábulas. De los orientales, sobretodo los chinos, destacaban arcones de madera Ha-Li con su característico color rojizo intenso; mesas según su uso como la largas y estrechas Tiao-tai o las Ba-xian-zhuo o mesa de ocho inmortales de madera Ying-Mu, curiosamente una madera extraída de las raíces de los grandes árboles, que servían de altar para distintos rituales; o armarios y cofres de madera de Bai-Mu conocidas como madera fragante por su aroma.

En todas las estancias no hubo desperfectos, aunque sí se habían abierto los cajones de las cómodas y bargueños y las puertas de las vitrinas y armarios. Jarrones, estaturas, sillones y sofás se habían movido de su lugar sembrando el caos y por el suelo yacían tapices como héroes de guerra. Era difícil moverse sin antes tropezar y la luz de las lámparas dejaron de hacer ese efecto acogedor iluminando lo que ahora parecía un almacén desordenado y abúlico.

Subió al primer piso, a través de las escaleras de caracol, donde se encontraban dos salas, una repleta de vitrinas y mesas con todo tipo de figuras de cera, madera, porcelana, cerámica, piedra, bronce, plomo, hierro u oro. Las luces emanaban del techo en largos haces incidiendo directamente sobre las figuras y así crear una atmósfera misteriosa y elegante. También exponía cajas de todo tipo, joyeros, útiles de escritorio y objetos de lo más extraño que pudiera encontrarse. A esta parte no pareció que entraran. Todo estaba cerrado y dispuesto como de costumbre. Sin embargo, peor fue la biblioteca. Las estanterías de cedro estaban simplemente vacías. Habían tirado todos manuscritos, libros, incunables y códices al suelo con tal fuerza que terminaron dispersos, unos abiertos con las páginas arrugadas y otros en montones, como hogueras a punto de perecer.

Isabel entró sin dar crédito a lo que veía. Permaneció unos instantes en el umbral de la puerta y entró decidida a recoger los libros. Pero no pudo, estaba fatigada. Esa misma noche tuvo una cena con un importante cliente y la mezcla del Rioja con el Cava le había pasado factura.

-Descansa un poco mientras yo recojo. Miraré si falta algún libro mientras los coloco -dijo Rubén en tono paternal.

Isabel seguía mirando las estanterías, pensativa, con los ojos vidriosos. Asintió y abrumada subió por las escaleras de caracol hasta el segundo donde compartía vivienda con el taller y el estudio. Durante toda la noche Rubén estuvo recogiendo todo el fondo de la biblioteca revisando el estado de cada uno. Conectó la Tablet al servidor interno y fue cotejándolos para asegurarse de que no faltaba ninguno.

Durante toda la noche no dejó de pensar en lo que había pasado. Se preguntó como sabían que Isabel y él no estarían en la tienda. Quien entró conocía el sistema de seguridad interno, alguien que ya había estado dentro en alguna ocasión. Podía ser un cliente, un marchante de arte o galerista. ¿Tenía algo que ver con el cuadro Desfile en la Plaza Roja? ¿Lo estarían buscando? No. Era imposible que buscaran el lienzo puesto que no había dado tiempo de descubrir quien lo había rescatado. Estaba seguro de que habían entrado en el mismo momento en que salía por los túneles hacia Edificio España. Entonces, ¿qué buscaban? Lo curioso era que apenas había destrozos, como si tuvieran en consideración las obras de arte allí expuestas y solo quisieran localizar algo. Pero qué. Mentalmente repasó los últimos trabajos, los contactos con clientes, galeristas, marchantes de arte, casas de subastas, rastros y museos. De las operaciones de compra y venta no había nada especial, solo unos cuadros que Isabel estaba restaurando. Aquellos días previos todo transcurrió con normalidad.

***

El fuerte olor a café despertó a Isabel. Había dormido vestida en el sofá del estudio, junto al taller. Se recogió el pelo y miró hacia la cocina americana. Rubén estaba preparando un par de tazas con aire fresco, como si hubiera dormido profundamente toda la noche.

-¿Qué hora es? -preguntó somnolienta, intentando adaptarse a la luz que entraban por los ventanales.

-Las siete -ofreció una taza de café-. Ya está todo recogido. No falta nada -Isabel suspiró aliviada-, parece que no encontraron lo que buscaban.

-¿Qué podrá ser? Somos muy cautelosos, no vamos por ahí gritando lo que tenemos. A no ser… -pensó- que quieran recuperar el Desfile en la Plaza Roja.

-Lo he pensado esta noche pero no creo que buscaran el cuadro. Entraron cuando yo estaba recuperándolo. Aunque no descarto nada. Es pronto para hacer conjeturas. Espero que BJ encuentre algo. Se ha sorprendido tanto como nosotros cuando le he llamado hace media hora.

Isabel se fue al taller a recoger y limpiar los disolventes, barnices y pinturas esparcidos por el suelo mientras Rubén bajó al sótano en busca del lienzo recuperado para tomar las primeras fotografías. Esa mañana de viernes la tienda permaneció cerrada por inventario. Todo estuvo tranquilo hasta que el servicio de mensajería llamó al timbre. Isabel miró a través de la cámara de vigilancia y bajó hasta el portal. Se trataba de un sobre grande con remitente de Marsella. Rápidamente subió al estudio donde aguardaba Rubén. La remitente era Parisi Nouville, Place de Lenche, Marsella, Francia. Rubén observó el sobre por fuera y acto seguido cogió un plateado abrecartas Charles Halphen. Dentro había una carta manuscrita acompañada de unos bocetos de una mujer y pendrive o lápiz óptico.

-¿Conoces a Parisi Nouvie? -preguntó Isabel intentando hacer memoria- Su nombre me es familiar.

-Cierto. No hace mucho publicó un libro sobre pintores del Renacimiento -cogió la Tablet y buscó en la base de datos-. Sí, aquí está, Parisi Nouvie, Marsella, 1980. Actualmente es profesora de Historia del Arte en École supérieure d'art et desing Marseille-Mediterranée, en el campus universitario de Luminy. Está a cargo de uno de los grupos de investigación sobre el Renacimiento. Autora de "Les maîtres de la Renaissance française (1494-1598)", además de varios artículos en revistas científicas sobre el Renacimiento nórdico o la Escuela de Fontainebleau.

Isabel pareció abstraída, explorando entre los pasillos de su memoria de qué conocía a la historiadora. Cuando Rubén sacó el libro vio su fotografía en la contraportada. Vestía elegantemente dejando entrever una constitución delgada, de pelo largo, rubio y liso que le caía sobre los hombros. La piel tenía una tonalidad blanca y sonrosada propia de la aristocracia del Versalles de Luis XIII, acorde a unos ojos de azul intenso que radiaban misterio en un rostro de facciones finas, delicadas, con unos labios que siempre marcaban una sonrisa encantadora. Era el tipo de persona que se cuidaba físicamente dando un aspecto jovial y activo. La primera sensación que Isabel tuvo era la de una joven introvertida y amante de su trabajo.

-Creo que esta chica no tiene ascendencia francesa. Sus rasgos hablan de sangre eslava -dijo Rubén adivinando los pensamientos de Isabel-. Sería interesante tener un encuentro con ella. Por cierto, ¿qué dice la carta?

Isabel desdobló varias hojas blancas escritas con letra pequeña y ascendente, óvalos cerrados, ágil y suelta, rasgos limpios, llena de bucles y adornos, sobretodo en la letra “d”.

-Efectivamente, carácter introvertido, positivo, abierta de mente, creativa y generosa. Es muy interesante.

Pero eso no fue todo. De entre los pliegues cayeron unos recortes del periódico Le Monde, concretamente de unos días antes, el martes nueve de marzo. Isabel palideció de pronto dejándola sin respiración. Tuvo que buscar la banqueta para asimilar el titular. Todo parecía ir encajando. Rubén contuvo un exceso de rabia mientras daba crédito a la noticia que decía simplemente: “Encontrado muerto el famoso experto en antigüedades Mr. Huguet”. Según las primeras investigaciones de la Gendarmería, el viejo anticuario calló desafortunadamente por las escaleras cuando se disponía a bajar a la tienda. Se descartaba la teoría del robo puesto que en la caja se encontraba gran cantidad de dinero y los libros de mayor valor no habían sido sustraídos.

-Me temo que este asunto ha girado ciento ochenta grados -dijo Rubén mientras cogía la carta.
La misiva decía:

Estimada Isabel Menat:

Hace una semana falleció mi abuela y como herencia he recibido, entre otros objetos, un baúl lleno de cartas, manuscritos, dibujos y un lienzo. Supuse que eran antigüedades de mis abuelos cuyo último deseo era el que los tuviera por su valor sentimental más que por el económico.

Rebuscando me di cuenta de que muchas de las cartas venían de la antigua Unión Soviética. Nunca supe que tenía familiares allí. Soy y me siento francesa. Como sabrá, nací hace treinta años en Marsella y toda mi vida y familia han pertenecido a esta tierra. O eso creía hasta ahora.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es un lienzo pintado con óleo y gran cantidad de bocetos. Mi abuelo era Pierre Nouvie, artesano en un taller de joyería y en sus ratos libres le gustaba pintar cuadros de distintos estilos. De ahí mi amor por el arte. Pensaba que el lienzo era de mi abuelo, aunque se distanciaba en mucho de su propio estilo. Empujada por mi curiosidad decidí viajar a París para que Mr. Huguet me diera su opinión sobre el autor. Eso fue el pasado jueves día cuatro de marzo. Hasta ahí bien si no fuera porque el sábado, día seis, alguien entró por la noche en mi casa para robar. No sé si tiene relación con el cuadro, pero veo mucha coincidencia. Y más cuando tres días después me entero por la prensa de la muerte de Mr. Huguet.

Sé que ustedes son una especie de detectives del arte. No sé si se acordará del día que nos conocimos, a finales del año 2009, en la exposición sobre el impresionista francés Edgard Degas en el Museo de Cantini de Marsella. Me dijo que investigaban todas las obras de arte que adquirían, incluido el pasado del artista. Y eso es lo que deseo. Quisiera que investigaran el origen del cuadro y su autor. Tengo la sensación de que mi vida no es la que pensé, me han estado ocultando muchas partes del pasado de mi familia y quiero saber por qué.

Les adjunto algunos bocetos y un pendrive con imágenes del cuadro que encontré en el baúl. Afortunadamente está a buen recaudo, lejos de Marsella, para que nadie pueda robarlo.
Espero recibir noticias suyas lo más pronto posible.

Atentamente,

Parisi Nouvie

Isabel introdujo el pendrive en el portátil y accedió a la carpeta principal en la que había varios archivos en formato .jpg. Se trataba de partes de un cuadro ampliadas en las que podía verse entre grandes pinceladas de colores vivos una estatua femenina dorada, medio edificio, unos jardines y un camino. Cruzó los brazos y se quedó pensativa unos segundos. Luego conectó la pantalla de plasma fijada en la pared y lanzó las imágenes para verlas con más detalle. Efectivamente se trataba de una pintura al óleo en la que se había utilizado tanto el pincel en sus distintas tipologías como la espátula para la ejecución de paisajes y determinados detalles.

-¿Me puedes pasar los bocetos? -pidió Isabel.







Cruzó la mirada entre los bocetos y una de las imágenes, concretamente la estatua dorada de mirada desafiante, blandiendo la espada de la justicia, de la victoria. Era curioso el detalle. Mientras en los bocetos la mujer miraba a la izquierda, en el cuadro lo hacía en dirección este. En cualquier caso, aunque la figura del cuadro no era muy nítida debido a las pinceladas pequeñas y cortas, pudo precisar que se trataba de la misma que había en los bocetos. Esta imagen resaltaba por sus colores amarillo y blanco claros en contraste con los pardos oscuros de la tierra y el ángulo del edificio. Posiblemente el artista quería dirigir la atención hacia la estatua a través de los distintos contrastes que había en cada plano, aunque era prematuro asegurarlo sin ver la totalidad del cuadro.

-Parece que los bocetos eran un proyecto para crear una escultura y posteriormente la plasmó en el cuadro. Si no, es imposible explicar por qué se perfilan los detalles en algunos de estos esbozos.
Isabel tenía razón, para qué molestarse en dibujar una imagen femenina con tanto detalle si finalmente la plasmación al óleo sería imprecisa. Sin duda, los bocetos tenían relación con el cuadro al que había costado la vida al viejo anticuario parisino. La cuestión era porqué, ¿qué tenía el cuadro para llegar a ese extremo? En cuanto al autor nada se sabía. En las imágenes digitalizadas no se encontraba la firma. Necesitaban ver el cuadro completo y analizarlo.

-Necesito que bajes y traigas el Desfile en la Plaza Roja. Quiero hacer una comparación.

Rubén volvió con el lienzo y lo desenrolló en la mesa del estudio. Isabel acercó la lámpara con lupa y fue observando detenidamente cada color, textura y pincelada. En algunos puntos el empaste era escaso permitiendo descubrir que la trama del lienzo era gruesa. Buscó entre las imágenes algún trazo similar y las amplió. A continuación comparó los trazos, colores, presión del pincel y cantidad de empaste para determinar si el relieve tenía la misma técnica en ambos casos. Durante un buen rato no dejó de hacer comparaciones y escribiendo notas en un cuaderno. Unas veces fruncía el ceño desaprobando una idea, como si la evidencia contradijera sus conclusiones; otras dejaba escapar una leve sonrisa de conformidad, convencida de que iba por el buen camino. Revisó sus notas y miró a Rubén con una amplia sonrisa.

-Ambos cuadros son del mismo artista. Parisi tiene un cuadro de Víktor Petrograd. No sé concretamente cual es. Nunca he visto o estudiado ese cuadro. Pero sin duda es de él.

-Eso cambia las cosas -dijo Rubén bajo un mal presentimiento-. Significa que puede haber relación entre los intentos de robo en la casa de Parisi y la tienda y el asesinato de Mr. Huguet.

-Alguien quiere ambos cuadros a costa de lo que sea.


-Será mejor que hagas el equipaje -Rubén cogió la chaqueta y cartera de cuero viejo-. Nos vamos a Marsella. Creo que allí encontraremos más respuestas.