domingo, 26 de marzo de 2017

El cuadro. Capítulo 3



- 3 -


Al día siguiente cogieron un avión desde el aeropuerto Adolfo Suárez Barajas de Madrid  por la T4 hacia Marsella. Partieron a las una y media de la tarde y hicieron escala en el aeropuerto Heathrow de Londres. Dos horas y media había durado el trayecto y otras dos permanecieron en la zona internacional para coger un nuevo avión de la compañía British Airways desde la Terminal 3. Mientras esperaban el siguiente vuelo, Rubén llamó a Ignacio Gorján para informarle que estaban de viaje y hasta el lunes no podrían llevarle el cuadro recuperado. Gorján se mostró comprensivo y aceptó verse el lunes por la tarde en la tienda de antigüedades. Quería hacerles una oferta interesante y prefería comentarlo en persona.

A las cinco de la tarde retomaron el viaje desde Londres cruzando el Canal de la Mancha hacia Marsella. Durante el trayecto volvieron a examinar las copias de los bocetos y las imágenes parciales del cuadro. Los originales quedaron guardados en el sótano de la tienda junto con el lienzo rescatado. Isabel revisaba las notas que había tomado en la comparación de las imágenes recibidas de Marsella con el lienzo “Desfile en la Plaza Roja”, y de cuando en cuando miraba por la ventanilla pensativa, encerrada en sus propias reflexiones, aislada del mundo. Rubén contactó con BJ a través de una aplicación móvil. Usando el protocolo SOCKS, los mensajes se transmitieron en varias capas de cifrado a través de Internet, desde el origen hasta el destino, pasando por diferentes nodos. 


-----------------------Rubén.Carter
Alguna novedad sobre quién ha podido
entrar en el sistema de seguridad
de la tienda?

BJ.Ulises -----------------------
Aún no. 
El que ha entrado no ha dejado
huella. Nada de dirección IP
Para entrar ha pasado por varios
servidores  proxy encadenados
Estoy verificando los accesos 
de estas últimas dos semanas


-----------------------Rubén.Carter
Es posible que hayan colado
 algún programa?

BJ.Ulises -----------------------
Lo estoy revisando. Estoy haciendo
un escaneo profundo en el servidor
Por lo pronto nada de cookies, 
javaScripts o ActiveX
La actividad es normal y el Fireware
no ha detectado anomalías por el 
momento

-----------------------Rubén.Carter
Avísame cuando encuentres algo

BJ.Ulises -----------------------
Ok


-----------------------Rubén.Carter
Por cierto, necesito que me hagas
un favor

BJ.Ulises -----------------------
Dispara


-----------------------Rubén.Carter
Búscame todo lo que contenga
las palabras clave:
“Pierre Nouvie”
“Víktor  Petrograd”
“Desfile en la Plaza Roja”

BJ.Ulises -----------------------
Vale

A las ocho de la tarde el avión aterrizó en la Terminal 1 del aeropuerto Marsella Provence, situado en la comunidad  de Marignane al noroeste de Marsella. Desde allí cogieron un taxi adentrándose por la ruta más rápida, la Via A55, recorriendo solamente 24 kilómetros, catorce de ellos por autopista.  Fueron por el interior hasta que, en la entrada a la ciudad, comenzó a verse la costa y el puerto moderno. Siempre bordeando el puerto continuaron por el Boulevard de Dunkerque avanzando hacia la Rue de la Republique, conocida por sus edificios de estilo haussmanniano que representaban la modernidad del siglo XIX. Al final de Republique les esperaba el Vieux Port o viejo puerto, un entrante natural que formaba un largo pasillo dibujando una especia de “U”. Caminaron por la zona oeste  hasta llegar al  Hôtel La Residence Du Vieux Port, en la  18 Quai du Port



Se trataba de un hotel tranquilo, estilo vanguardista. Resultaba curioso ver puertas, sillas, cojines, cuadros y mesas de distintos colores vivos, predominando las figuras geométricas para crear una atmósfera familiar. Bastante acogedor, distinto a los hoteles convencionales. Sin embargo, lo que más impresionó a Isabel y Rubén fueron las magníficas vistas al Vieux Port de Marsella, anegado de todo tipo de embarcaciones en formación como soldados con lanza en mano dispuestos para la guerra. Una vez dejadas las maletas en las distintas habitaciones. 

A las diez de la noche Isabel y Rubén esperaban frente al Ferry Boat, un barco que atraviesa el puerto viejo desde el Ayuntamiento. Inicialmente habían quedado allí por petición de Parisi quien prefería un primer encuentro en público. Pronto apareció  por la Quai de la Fraternité con paso prudente, mirando a su alrededor en busca de la pareja. Isabel la reconoció por la fotografía del libro que Parisi escribió y le hizo un gesto con el brazo. Llevaba unos pantalones vaqueros y una blusa blanca bajo un jersey de lana azul oscuros. Colgado a modo de bandolera sujetaba una bolsa de tela. Tenía un aspecto juvenil, de estudiante de primer curso de arte. El pelo recogido con una coleta dejaba ver un rostro de rasgos suaves y piel blanca, con alguna que otra peca. Al verlos de cerca pareció relajarse con una agradable sonrisa.

Fueron hasta el embarcadero y subieron al Ferry Boat. El paseo comenzó.

-¿Han visitado alguna vez Marsella? -preguntó Parisi a modo de inicio-. Este puerto es legendario.

Por la noche el puerto estaba iluminado por todos los viejos edificios circundantes y las luces de las barcas, yates y veleros que permanecían en formación como fieles guardianes.

-Desde el hotel se ve una panorámica genial. Nunca había visto un puerto tan hermoso -dijo Isabel.



Parisi sonrió orgullosa.

-Los griegos llamaban a la ciudad Massalia y el puerto fue el centro mismo de la expansión griega en el Mediterráneo occidental. En la Edad Media se convirtió en el puerto de partida hacia Tierra Santa para combatir en las Cruzadas. ¿Veis allí? -señaló hacia el sur- El de la derecha es el Fort Saint-Jean  y a la izquierda Fort Saint-Nicolas. Durante mucho tiempo vigilaron el acceso al puerto.

El puerto permanecía en calma, silenciosas las aguas bajo una suave brisa. El Ferry Boat apenas hacía ruido con sus motores de propulsión eléctrica. Rubén miró hacia el otro extremo del viejo puerto.

-Esta tarde, cuando veníamos por la Quai de la Fraternité, he visto una iglesia de fachada neobarroca. La verdad es que destaca sobre el resto de edificios.

-Imagino que se refiere a la iglesia Saint Ferreol. Inicialmente, en el siglo XII, hubo una pequeña capilla perteneciente a la orden de los Templarios pero tras su disolución pasá a ser propiedad de los hermanos agustinos. La fachada original era de estilo gótico, pero tras la Revolución Francesa se cambió a la forma que ahora tiene. El diseñador fue Desiré Michel.

Era curioso como podía verse una ciudad de tantas formas posibles. Isabel y Rubén habían viajado varias veces a Marsella por motivos de trabajo y siempre se habían limitado a la extensa Rue Edmond Rostand, donde se encontraban los más importantes anticuarios de Marsella. Sin embargo, desde el viejo puerto estaban descubriendo otra Marsella, más mítica y misteriosa. ¿Qué grandes historias se habrían originado en aquel puerto bien protegido por dos Fuertes? ¿Qué tragedias, romances, destierros, intrigas o complot nos guardaba la historia? 



Hubo un breve silencio antes de abordar el tema de la carta. Parisi no sabía como empezar, en su cabeza se remolinaban pensamientos, imágenes, recuerdos de una infancia feliz pero llena de secretos. Tenía la sensación de haber despertado de una mentira, de un pasado ficticio.

-Hace dos semanas murió mi abuela paterna -comenzó incomoda-. Era la única persona que me quedaba en este mundo. Mis padres murieron en un accidente de barco cuando tenía veinticinco años. Así que me hice cargo de mi abuela -hizo una pausa-. El caso es me ha dejado en herencia una casa de campo a las afueras de Marsella y objetos que tienen más valor sentimental que económico. 

-Y parece ser que también escondía la casa un misterio -interrumpió Rubén. Parisi lo miró sorprendida y asintió.

-Sí. Desde pequeña he jugado todos los veranos en esa casa y nunca reparé en el baúl. Siempre ha estado en el dormitorio de mis abuelos, a los pies de la cama. Es de esos que se utilizan para guardar sábanas. Ya digo que nunca me llamó la atención.

-¿Cuando murió exactamente su abuela?

-El domingo veintiocho de febrero. El día tres de marzo decidí ir a la casa para hacer inventario. Estuve toda la tarde recogiendo la ropa de mi abuela para darla a la beneficencia hasta que por la noche se me ocurrió mirar en el baúl.

-Y encontró más interrogantes -Rubén sonrió levemente con la mirada ausente en la antigua capilla templaria-. Parece que Shakespeare tenía razón cuando dijo aquello de que el pasado es un prólogo. Por lo que deduzco de la carta que nos envió, abrir el baúl ha sido el comienzo de una historia que todos ignoramos -hubo un silencio hasta que Rubén volvió en sí-. ¿Qué había exactamente en el baúl?

-Lo primero que vi fueron los bocetos, había muchos, también el lienzo, un reloj antiguo de bolsillo, cartas y… -hizo una pausa, como si intentara encajar las piezas de un rompecabezas sin sentido- postales, muchas postales de Rusia.

Isabel y Rubén cruzaron miradas de sorpresa mientras Parisi aguardaba inquieta. Junto a ellos había una pareja de turistas observando el contraste de un viejo puerto albergando embarcaciones modernas. A Rubén le llamó la atención que el joven hiciera fotografías sin flash. En todo el trayecto apenas cruzaron palabras.

-¿Qué hizo con todo lo que había en el baúl?

-Lo metí todo en una maleta y me lo llevé a casa para estudiarlo mejor. No sabía qué valor podían tener la pintura y los bocetos. Soy profesora de Arte, sé que la pintura al óleo tiene un estilo realista parecido a los pintores de las primeras décadas del siglo XX. Pero la ausencia de firma y fecha me hizo dudar.

-Supongo que el lienzo lo llevaría a París para que Mr. Huguet lo examinara. De lo contrario no nos hubiera enviado el recorte del diario Le Monde.

-Así es -confirmó mientras su rostro mudaba en tristeza-. Al día siguiente viajé a París para enseñarle el lienzo a  Mr. Huguet. Dentro de nuestros círculos es conocido por ser gran experto en arte. Aunque se dedica a las antigüedades, sus conocimientos no tienen… perdón, tenían límites. De hecho, en más de una ocasión le pedí que diera conferencias en la Escuela de Arte. Me gustaba el entusiasmo con que explicaba la pintura y escultura. Sabía contagiar su amor por lo clásico -sus ojos centellearon al recordar sus magistrales conferencias, tan amenas y personales que parecía haberlas vivido durante todos estos siglos.

-¿Qué hizo después?

-Regresé a Marsella y llevé algunos bocetos a la tienda de antigüedades Bloziat-Antiquite. Pensé que no estaría mal vender algunos. Me dijeron que tenían poco valor pero podría venderlos a algunos clientes que coleccionan todo tipo de bocetos para libros de arte. 

-Me ha dicho que eso fue el jueves cuatro de marzo.

Parisi afirmó con la cabeza. El Ferry Boat llegó a la otra orilla del viejo puerto y los tres continuaron el paseo hacia la basílica de Notre-Dame de la Garde, más conocida por la Buena Madre, situada entre los distritos de Roucas Blanc y Vauban. Isabel había estado callada durante todo el camino, pensativa, como si mantuviera el interés en la relación entre los cuadros Desfile en la Plaza Roja, El Jardín Dorado y los bocetos. 



-El sábado me quedé en casa corrigiendo algunos trabajos de los alumnos y por la tarde salí a tomar unas copas con unas amigas. Al llegar sobre las doce de la noche me encontré la casa desordenada, como si alguien buscara algo. Me asusté y llamé a la policía.

-¿Se llevaron algo? -preguntó Isabel saliendo de su letargo ensimismamiento.

-No. Estaba asustada. Habían invadido mi espacio privado, mi intimidad. No sé lo que hubiera hecho de encontrarme aquella noche en casa.

-No se preocupe Parisi -dijo Rubén con toda seguridad-, nunca hubieran entrado estando usted en casa. Así que no se llevaron nada.

-Según la gendarmería no forzaron la entrada y dudaban de que pudieran encontrar huellas. De todas formas, al no faltar nada, decidieron marcharse.

-Parece que se está poniendo de moda eso de entrar en casas ajenas y salir con las manos vacías -pensó Rubén en voz alta.

-Salvo el caso de París -objetó Isabel-. ¿Qué ocurrió con el cuadro que encontró en el baúl?

Parisi calló unos largos segundos sin saber el alcance que podía tener revelar el paradero del cuadro. Era lógico suponer que si no lo habían encontrado en casa de Parisi fueran a París.

-Aquella noche llamé a un amigo, bueno un antiguo novio que vive en París. Le conté lo ocurrido y le pedí que fuera al día siguiente a casa de Mr. Huguet para recoger el cuadro y llevarlo a un lugar seguro.

-¿Le dijo a qué lugar lo escondería? -preguntó Rubén.

-No. Prefería que no me lo dijera -Rubén asintió satisfecho-. Al día siguiente, domingo, llamé a Mr. Huguet y le dije que habían entrado en mi casa buscando quizás el cuadro. Se mostró muy preocupado por mi y me preguntó si podía hacer algo. Le respondí que se pasaría a medio día un amigo de toda confianza para recoger el lienzo y esconderlo. Y así fue. Desde entonces mi antiguo novio no se ha puesto en contacto conmigo -pensó un momento-. ¡Ah! Ese día le pedí que me mandara imágenes de alta resolución del lienzo para estudiarlo.

-Parte de esas imágenes son las que nos mandó en el pendrive -confirmó Isabel.

Llegados a la rue Fort du Sanctuaire, frente a la extraordinaria basílica de estilo románico-bizantino, Rubén se paró en seco observando el campanario de cuarenta y un metros de altura rematado con una estatua de cobre dorado con la Virgen y el niño. En aquella colina solo podía oírse la pequeña brisa de la noche y un murmullo de gentío proveniente del viejo puerto. Si apartar los ojos de aquella fachada blanca con mosaicos de piedra verde, permanecieron en silencio hasta que Rubén prosiguió.

-Es curioso -Parisi e Isabel lo miraron sorprendidas-. Según tengo entendido, el arquitecto fue un protestante… Henri Espérandieu. Un protestante diseñando una basílica católica -se giró hacia Parisi-. ¿Es verdad que está edificada sobre los cimientos de una fortaleza?

-Sí -respondió Parisi desconcertada-. La iglesia inferior, vamos la cripta, está excavada en la roca y es de estilo románico. La iglesia, por el contrario, es de estilo románico-bizantino. Fue consagrada el cinco de junio de 1864.

-¿Qué tiene que ver esto con los bocetos y el cuadro? -preguntó Isabel.

Rubén volvió alzar la vista hacia la estatua reflexivo.  

-Todo en Marsella tiene relación. Por cierto señorita Parisi, necesitamos ver las cartas, postales y todo el resto de la documentación que había en el baúl de su abuelo. ¿Le parece bien mañana por la mañana?

-Sí, claro. Mañana domingo no tenía planes. Si lo desean pueden quedarse a comer.

- Magnífico. Así probaremos autentica comida francesa.


***

Pocos saben que Le Panier es el punto de origen de la ciudad de Marsella, el primer enclave. En el siglo XIX se convierte en un barrio de pescadores y armadores debido a su cercanía con el viejo puerto. Allí se concentraron gentes de todos los rincones del mediterráneo creando un colage multicultural. Durante la Segunda Guerra Mundial fue destruida en parte por los alemanes y nuevamente reconstruida al finalizar la guerra, conservando ese crisol multicultural que tanto lo caracteriza. Pasear por sus laberínticas calles estrechas y empinadas supone descubrir un barrio pintoresco, dinámico, de edificios con fachadas coloristas y agradables plazoletas. Isabel y Rubén subieron la colina por Des Accoules, una cuesta medieval. A cada paso descubrían la marca mestiza en los talleres de artesanos famosos por las figuras de belén, en los alfareros e incluso establecimientos como bares y tiendas pequeñas de comestibles. Pronto llegaron a la Place de Lenche un magnífico lugar desde donde podía contemplarse el viejo puerto y antaño estuvo el ágora griega. 



Parisi los recibió con mayor hospitalidad y seguridad. El encuentro de la noche anterior disipó todos los temores sobre la conveniencia de confiar en ellos. La vivienda era antigua con ventanales que ofrecían espléndidas vistas al puerto y una decoración algo minimalista. La habitación principal estaba rodeada de estanterías repletas de libros de arte junto con novelas históricas, populares del XIX y poesía romántica. Junto a la ventana había una amplia mesa con cuadernos de notas, libros y una montaña de papeles grapados con los trabajos de sus alumnos. Sin embargo, llamó la atención varios cuadros colgados en la pared. Siendo ella una apasionada del Renacimiento, exhibía cuadros vanguardistas, de estilo cubista y surrealista. 

-¿De quién son los cuadros? -preguntó Isabel mientras los examinaba con el mismo interés que un forense.

-Los pintó mi abuelo hace años. Como ya les dije, le gustaba en los ratos libres. ¿Quieren tomar algo? Bien. Voy a por la documentación.

Puso una gran caja de cartón en el suelo, junto a una mesa baja de cristal, y comenzó a sacar cartas y postales. Todas ellas estaban escritas en alfabeto cirílico y provenían de varios lugares de Ucrania y Rusia. Algunas cartas nunca llegaron a abrirse por devolución mientras que otras guardaban marcas de años tempestivos, de viajes duros y esperanzas rotas. Las postales habían adquirido un tono pardo, con los bordes raídos y las imágenes en tono sepia, descoloridas por el paso del tiempo. ¿Qué historias encerraban aquellos caracteres? 

-Esto es todo lo que había, además del lienzo -dijo mientras se sentaba sobre la alfombra junto a los demás-. Me ha sido imposible leer la correspondencia. Ni comprendo el ruso ni es fácil descifrar la caligrafía.

-Veo que no hay fotografías. ¿Sus abuelos no conservaron alguna? -preguntó Isabel.

-Mi abuelo odiaba las cámaras de fotos. No le gustaba que le hicieran una. Se enfadaba cuando intentábamos robar una imagen.  Solo tengo de mis padres y mías.

-¿A qué se dedicaba su abuelo? -intervino Rubén mientras observaba atentamente las imágenes de las postales.

-Toda la vida ha trabajado en el taller de una joyería que hay en el viejo puerto. Se dedicaba a fabricar artesanalmente joyas, arreglarlas o fundirlas. Sin embargo, lo que mejor hacía era diseñar anillos, colgantes y collares para gente con mucho dinero. 

-¿La joyería era suya?

-No, pertenecía a Mr. Canetnes. Para mí es como un segundo abuelo. Me vio nacer y está muy apegado a la familia. Nunca se ha casado. Creo que siempre ha estado solo.

-¿Está…? ¿Quiere decir que aún vive? -preguntó Rubén dejando rápidamente las postales sobre la mesa y girando la cabeza hacia Parisi.

-A pesar de que va a cumplir cien años tiene una salud de hierro. Es una persona encantadora aunque algo reservada. Todas las semanas le visito para cuidar de que está bien y tiene todo lo que necesita.

Rubén sonrió satisfecho de haber encontrado el famoso hilo de Ariadna. Isabel volvió hacia los cuadros que había en la habitación contemplándolos como una estudiante en un museo.

-¿Qué me puede decir de los cuadros? -preguntó si dejar de mirar aquel conjunto de figuras geométricas-. ¿Cual era su estilo?

-Bueno, le gustaba experimentar, sobretodo con óleo. Decía que el óleo permitía tapar imperfecciones o hacer cualquier modificación sin tener que retirar la pintura. Jugaba mucho con las texturas. Se obsesionó con el vanguardismo, el arte abstracto, expresionismo, surrealismo, cubismo e incluso futurismo. En la casa de campo hay un estudio con centenares de cuadros.  

-¿No dio a conocer sus cuadros? No sé, exponiéndolos en galerías de arte o vendiéndolos. 

-No -sonrió Parisi evocando a su abuelo con aquella bata multicolor, siempre manchada de pintura seca, frente al caballete, paleta en mano con los colores en el borde mientras mezclaba en el centro con su viejo pincel-. Nunca le gustó hacer público sus obras.

Isabel se acercó a otro cuadro en el que se veía un campo seco, sin cosecha, y unos campesinos tumbados en la tierra agonizando. Los colores utilizados eran ocres, tostados y pardos. Incluso el cielo parecía reflejar la oscura tierra.

-¿Su abuelo era zurdo? -preguntó Isabel acercándose cada vez más al cuadro. La pregunta sorprendió a Parisi quien afirmó sin dudarlo. Miró a Rubén buscando una respuesta. Como si supiera lo que estaba pensando la marsellesa, Isabel sonrió y giró hacia donde estaban sentados-. Sencillo. Los trazos son siempre de derecha a izquierda. Los occidentales estamos acostumbrados a escribir de izquierda a derecha y esa dirección nos marca en todo lo que hacemos -hizo una pausa y volvió a mirar el óleo-. Los cuadros de su abuelo son poco comunes. Me interesa mucho su técnica.

A las doce del medio día Parisi preparó la mesa ofreciendo de primero una extraordinaria sopa de pescado con patatas y tomate llamada Bouillabaisse. La amplia variedad de pescado como salmonete, rape, mejillones o cigalas permitía disfrutar de una gran variedad de sabores. Lo había aprendido de su abuela, quien siempre le decía “quand ça bouille, abaisse!”. De segundo ofreció bacalao con legumbres cocidas y acompañados de salsa aioli. Y de postre puso beignet, lo que en España entendemos por buñuelo. El almuerzo transcurrió entre anécdotas de Marsella y pequeñas historias de su niñez entre lienzos, pinturas y joyería.

-Parisi, ¿habría posibilidad de hablar con Mr. Canetnes? -preguntó Rubén.

-Puedo concertar una cita para esta tarde. Suele ir al viejo puerto a tomar una copa después de cenar. Lo llamaré por teléfono.

Isabel aprovechó la ocasión para sugerirle visitar la casa de campo donde su abuelo guardaba los cuadros. Podía ayudarla a tasarlos y buscar compradores. Parisi aceptó encantada.

Rubén e Isabel salieron hacia el hotel para descansar y preparar el equipo fotográfico que llevaría ella a la casa de campo. Rubén, por el contrario, quería ordenar sus notas y preparar las preguntas que haría al viejo joyero.

-Hay algo que me desconcierta -dijo Isabel mientras bajaban por  Des Accoules-. ¿Como es posible que los cuadros Desfile en la Plaza Roja y el Jardín Dorado tengan la misma técnica, el mismo estilo, que los cuadros pintados por el abuelo de Parisi?

-Se nos escapa algo. No dejo de pensar en las cartas y en todas las casualidades. Primero recupero un cuadro de Víktor Petrograd, nos llega una carta con bocetos e imágenes de un cuadro del mismo autor, la semejanza con las pinturas del abuelo de Parisi y las cartas de Ucrania y Rusia. ¿Quién es Pierre Nouvie? ¿Cual es su pasado? ¿Qué nos oculta? ¿Por qué no hay una sola fotografía de su abuelo? Creo que las respuestas las tiene su antiguo socio de joyería Mr. Canetnes. Esta tarde saldremos de dudas.

-Mientras analizaré los cuadros de la casa de campo para verificar si son de la misma persona -añadió Isabel-. Fotografiaré los más destacados para poder estudiarlos a fondo en Madrid.

Llegando a Quai du Port, cerca del hotel, Rubén se percató de la presencia del mismo joven que la noche anterior estaba en el Ferry Boat fotografiando a una joven sin utilizar el flash. Se cruzaron intercambiando miradas y continuaron por caminos opuestos. 


martes, 21 de marzo de 2017

El cuadro. Paréntesis 1

En la introducción ya adelanté mi necesidad de “contrastar las fuentes y verificar sobre el terreno” la información que Rubén Carter me proporcionó. Y así continúo haciendo. En este caso necesito perfilar algunos datos que considero importantes para que el resto de la historia sea lo más completa posible. Mi deseo es que ustedes, queridos lectores, puedan tener una imagen nítida de todo lo que aconteció. Con ello intento visitar los lugares, fotografiarlos para verificar que no son emplazamientos ficticios; consultar bibliografía que corrobore la historia; y entrevistar, en la medida de mis posibilidades, a los protagonistas.

Ayer domingo 19 de marzo de 2017 cogí un avión desde Roma hasta Marsella con el fin de entrevistarme con Parisi Nouville y conocer de primera mano los lugares que Rubén Carter e Isabel Menat visitaron.

Me hospedo en el Hôtel Escale Oceania Marseille Vieux Port, frente al viejo puerto marsellés, y desde allí he concretado la hora y  lugar para hablar con Parisi. Finalmente no se llevará a cabo en su casa por motivos de seguridad. Hay un incidente que me obliga a tomar medidas.

Esta mañana he salido a las ocho para recorrer la Rue Edmond-Rostand, zona donde se concentran tiendas de importantes anticuarios. A decir verdad, es una calle muy larga que va desde Boulevard Paul Peytral hasta Boulevard Périer. En una mañana es casi imposible recorrerla sin pararse en los comercios, lo que me ha llevado a comer cerca, un bar restaurante llamado Le Directoire Marseille en la rue Edmond Rostand. Es un lugar bastante acogedor, de estilo clásico que recuerda a la Primera República Francesa. Reconozco que tiene buenos vinos, recomiendo el Crozes-Hermitage, y la comida tiene un toque muy original. En Francia es costumbre comer desde las doce del mediodía hasta las dos de la tarde. Así que a las una he parado y puesto en orden mis notas desde la tablet. A pesar de que he viajado mucho a Francia, no me acostumbro a comer sin aceite de oliva. Es uno de mis pequeños placeres. Después del café continuo mi visita al Museo Cantini que alberga obras de arte moderno y contemporáneo. Y como a las ocho es costumbre cenar, vuelvo a Le Directoire Marseille.

El encuentro ha tenido lugar a las nueve en el Ferry Boat, que recorre los 206 metros del viejo puerto marsellés. Hasta ese momento todo ha transcurrido bien, sin incidente alguno, hasta que he llegado a las doce al hotel. En recepción me han informado que una mujer llegó aprovechando mi ausencia para intentar subir a la habitación haciéndose pasar por mi esposa. Afortunadamente no le han dado la llave de la habitación. He subido y todo está en orden, incluido el ordenador portátil. Aunque todos los dispositivos los tengo cifrados, incluido el teléfono móvil, me alivia pensar que no han accedido a mis documentos.

En seguida he llamado a Inma a Roma para saber si ella y los niños están bien. No he querido alarmarla aunque mis preguntas sobre si ha ocurrido algo extraño a lo largo del día la ha preocupado. Todo tranquilo. En la Fundación Tetra no saben nada de la misteriosa mujer. Por un momento he pensado que me enviaban a alguien, pero mis antiguos compañeros no saben nada. Les he pedido que no comenten nada a Inma por el momento. Ella sigue trabajando en la Fundación como psicóloga. Allí fue donde la conocí, cuando tuvo que ayudar a mi equipo tras la muerte de un compañero que investigaba unas ruinas en Colombia. Para tranquilizarme, han llamado a una de las agentes de seguridad, Sophia, para que vigile la casa mientras estoy fuera.

Solo he publicado dos capítulos y siento que hay alguien dispuesto a saber qué información voy a publicar. Por el material que tengo y los detalles que me ha aportado Carter, no es una historia fácil de asimilar y menos sobre un asunto que atañe a la historia de España. Desconozco de qué parte de esa historia está la mujer misteriosa. Voy a mantenerme en alerta y tomar más precauciones desde este momento. A través del Blog os seguiré manteniendo informados y continuaré publicando el material sobre este caso. Confío en que termine siendo una mera anécdota.


David Bruma

viernes, 17 de marzo de 2017

El cuadro. Capítulo 2


- 2 -


El edificio de la tienda de antigüedades era antiguo, como el barrio de Universidad, con su fachada de ladrillo, recordando las viejas fábricas del Madrid de primeros de siglo, grandes ventanales y amplias habitaciones. Esperó unos minutos a que Isabel Menat mirara por la cámara de seguridad y luego subió al segundo piso. Allí estaba dando vueltas mientras consumía un cigarrillo rubio. Hacía tiempo que había dejado de fumar y sustituido por la meditación, pero aquella situación la había desbordado hasta el punto de recurrir nuevamente al viejo vicio. Por todo el suelo había libros de arte, botes abiertos de disolventes, barnices, pinturas, pinceles, caballetes y todas las herramientas de precisión. Seguía vestida con falda estrecha gris y chaqueta compañera sobre camisa blanca.

-¿Estás bien? -preguntó Rubén al ver todo revuelto.

-Sí. Aún no he mirado si falta algo, quería esperarte. Las cámaras estaban desactivadas. Alguien entró en el sistema.

-Hablaré mañana con BJ a ver si puede hacer un rastreo. ¿Has llamado a la policía? -Isabel negó con la cabeza mientras encendía otro cigarro y recogía los libros del suelo-. Bueno, primero revisaremos la tienda para ver si se han llevado algo de valor. Hay que descubrir qué buscaban en concreto. Por cierto -Rubén se descolgó el tubo portalienzos-, hay que guardar el cuadro en el sótano.

Por un momento mudó el rostro de Isabel, como si entrara en una especie de trance que la hiciera olvidar el caos del estudio. Aún con el cansancio y sobresalto de la intromisión, sus ojos esmeraldas brillaron con una intensidad sorprendente. Pronto dibujó una sonrisa que la tranquilizó.

-Veo que lo has conseguido. Déjame verlo -lo sacó del tubo y con mucho cuidado fue desenrollándolo en su mesa de trabajo-. Es sensacional. Desfile en la Plaza Roja, del realismo socialista, 1937, oleo sobre lienzo -se apartó para ver la pintura desde otra perspectiva-. Aún sigo sin comprender como sus contemporáneos eclipsaron la obra de Víktor Petrograd. Afortunadamente sus cuadros no terminaron como algunas de las pinturas de Brodsky.

-¿A qué te refieres?

Miró a Rubén con cara divertida.

-¿No te acuerdas? Isaac Bordsky, un pintor tan realista al que tuvieron que retirar un cuadro del segundo Congreso de la Internacional Comunista porque salían muchos de los líderes que Stalin quitó de en medio. Afortunadamente Petrograd supo a quién poner en primer plano.
Siguió observando el óleo unos minutos, recorriendo toda la plaza con los soldados en formación frente a un Stalin supremo, idolatrado. En eso consistía el arte y su técnica, en un instrumento al servicio de la doctrina para engrandecer a sus líderes y ensalzar las virtudes de la clase obrera y la revolución. Stalin llamaba a los artistas “ingenieros de almas”, convirtiéndose en una corriente artística oficial de la Unión Soviética.

Pronto se oscureció la mirada de Isabel saliendo de sus propios pensamientos hacia una realidad más cruda. Dio una chupada al cigarro y exhaló con desazón. Volvió a enrollar el lienzo y guardarlo en el tubo.

-Bien, voy al sótano a guardarlo -dijo afligida-. Mañana lo analizaremos antes de entregarlo a nuestro cliente.

-Mientras tú lo guardas, daré una vuelta por la tienda para revisarlo todo.

A través de una escalera de caracol Rubén llegó a la planta baja, destinada fundamentalmente a muebles, esculturas y objetos grandes. Era un espacio amplio, dividido en varios salones con estilos distintos. El más espacioso y principal era el salón Isabelino, elegante y fastuoso, parecido al estilo Imperio. Las paredes solía decorarlas con molduras de madera en blanco y papel de diseños florales sencillos, color beige, contrarrestando la pesadez de los muebles y alcanzando mayor amplitud a la estancia. Sin embargo, eran las lámparas de sobremesa las que daban un ambiente cálido, confortable y acogedor. Situadas estratégicamente, dispersaban una suave luz dorada por los armarios, aparadores, cómodas, vitrinas, consolas o escritorios de caoba, haciendo brillar las cubiertas de bronce y marqueterías. El pasear por aquel lugar, entre tallas, porcelanas, tapices, cuadros y apliques dorados, era un placer para los sentidos, un viaje al pasado. Incluso los sillones y sofás, tapizados con muchos relieves, tallas en los brazos e incrustaciones de metal y boj, invitaban a sentarse plácidamente a tomar café o disfrutar de largas charlas entre amigos. De hecho, cuando sacaba un nuevo catálogo exclusivo, solía preparar el salón Isabelino para acoger a los cliente selectos. Era el lugar idóneo para impresionar con las nuevas adquisiciones entre música de cámara, champagne y aperitivos. En otras ocasiones, organizaba recitales de poesía, su segunda afición.

Las otras salas albergaban muebles y objetos de distintos estilos. A continuación del salón Isabelino estaba el Renacentista y Manierista, reiterando las formas de arquitectura clásica. Había de todo, armarios de paneles tallados con figuras geométricas, puertezuelas, herrajes con clavos de cobre; bargueños de boj tallados y adornados con incrustaciones de oro, marfil, taracea, hueso o ébano e infinitos cajones en su interior con sus correspondientes gavetas; las típicas mesas de grueso tablero de taracea, unidas por rígidas chambranas torneadas; sillones fraileros forrados de brocado o terciopelo; y sillas de roble, forradas el respaldo y asiento con anea o cuero clavado y la chambrana tallada con relieves. Imperaba más el estilo renacentista español, de influencia mudéjar.

El tercer salón acogía muebles exóticos como los indios y chinos. Entre los indios resaltaban las cómodas de palo de rosa o Sheesham, ricas en ornamentos tallados que adquirían una fuerza espiritual. No faltaban las pequeñas mesas de opio para tomar café, las alfombras de seda y lana con motivos florales y persas o los tapices de lino y seda con episodios religiosos y fábulas. De los orientales, sobretodo los chinos, destacaban arcones de madera Ha-Li con su característico color rojizo intenso; mesas según su uso como la largas y estrechas Tiao-tai o las Ba-xian-zhuo o mesa de ocho inmortales de madera Ying-Mu, curiosamente una madera extraída de las raíces de los grandes árboles, que servían de altar para distintos rituales; o armarios y cofres de madera de Bai-Mu conocidas como madera fragante por su aroma.

En todas las estancias no hubo desperfectos, aunque sí se habían abierto los cajones de las cómodas y bargueños y las puertas de las vitrinas y armarios. Jarrones, estaturas, sillones y sofás se habían movido de su lugar sembrando el caos y por el suelo yacían tapices como héroes de guerra. Era difícil moverse sin antes tropezar y la luz de las lámparas dejaron de hacer ese efecto acogedor iluminando lo que ahora parecía un almacén desordenado y abúlico.

Subió al primer piso, a través de las escaleras de caracol, donde se encontraban dos salas, una repleta de vitrinas y mesas con todo tipo de figuras de cera, madera, porcelana, cerámica, piedra, bronce, plomo, hierro u oro. Las luces emanaban del techo en largos haces incidiendo directamente sobre las figuras y así crear una atmósfera misteriosa y elegante. También exponía cajas de todo tipo, joyeros, útiles de escritorio y objetos de lo más extraño que pudiera encontrarse. A esta parte no pareció que entraran. Todo estaba cerrado y dispuesto como de costumbre. Sin embargo, peor fue la biblioteca. Las estanterías de cedro estaban simplemente vacías. Habían tirado todos manuscritos, libros, incunables y códices al suelo con tal fuerza que terminaron dispersos, unos abiertos con las páginas arrugadas y otros en montones, como hogueras a punto de perecer.

Isabel entró sin dar crédito a lo que veía. Permaneció unos instantes en el umbral de la puerta y entró decidida a recoger los libros. Pero no pudo, estaba fatigada. Esa misma noche tuvo una cena con un importante cliente y la mezcla del Rioja con el Cava le había pasado factura.

-Descansa un poco mientras yo recojo. Miraré si falta algún libro mientras los coloco -dijo Rubén en tono paternal.

Isabel seguía mirando las estanterías, pensativa, con los ojos vidriosos. Asintió y abrumada subió por las escaleras de caracol hasta el segundo donde compartía vivienda con el taller y el estudio. Durante toda la noche Rubén estuvo recogiendo todo el fondo de la biblioteca revisando el estado de cada uno. Conectó la Tablet al servidor interno y fue cotejándolos para asegurarse de que no faltaba ninguno.

Durante toda la noche no dejó de pensar en lo que había pasado. Se preguntó como sabían que Isabel y él no estarían en la tienda. Quien entró conocía el sistema de seguridad interno, alguien que ya había estado dentro en alguna ocasión. Podía ser un cliente, un marchante de arte o galerista. ¿Tenía algo que ver con el cuadro Desfile en la Plaza Roja? ¿Lo estarían buscando? No. Era imposible que buscaran el lienzo puesto que no había dado tiempo de descubrir quien lo había rescatado. Estaba seguro de que habían entrado en el mismo momento en que salía por los túneles hacia Edificio España. Entonces, ¿qué buscaban? Lo curioso era que apenas había destrozos, como si tuvieran en consideración las obras de arte allí expuestas y solo quisieran localizar algo. Pero qué. Mentalmente repasó los últimos trabajos, los contactos con clientes, galeristas, marchantes de arte, casas de subastas, rastros y museos. De las operaciones de compra y venta no había nada especial, solo unos cuadros que Isabel estaba restaurando. Aquellos días previos todo transcurrió con normalidad.

***

El fuerte olor a café despertó a Isabel. Había dormido vestida en el sofá del estudio, junto al taller. Se recogió el pelo y miró hacia la cocina americana. Rubén estaba preparando un par de tazas con aire fresco, como si hubiera dormido profundamente toda la noche.

-¿Qué hora es? -preguntó somnolienta, intentando adaptarse a la luz que entraban por los ventanales.

-Las siete -ofreció una taza de café-. Ya está todo recogido. No falta nada -Isabel suspiró aliviada-, parece que no encontraron lo que buscaban.

-¿Qué podrá ser? Somos muy cautelosos, no vamos por ahí gritando lo que tenemos. A no ser… -pensó- que quieran recuperar el Desfile en la Plaza Roja.

-Lo he pensado esta noche pero no creo que buscaran el cuadro. Entraron cuando yo estaba recuperándolo. Aunque no descarto nada. Es pronto para hacer conjeturas. Espero que BJ encuentre algo. Se ha sorprendido tanto como nosotros cuando le he llamado hace media hora.

Isabel se fue al taller a recoger y limpiar los disolventes, barnices y pinturas esparcidos por el suelo mientras Rubén bajó al sótano en busca del lienzo recuperado para tomar las primeras fotografías. Esa mañana de viernes la tienda permaneció cerrada por inventario. Todo estuvo tranquilo hasta que el servicio de mensajería llamó al timbre. Isabel miró a través de la cámara de vigilancia y bajó hasta el portal. Se trataba de un sobre grande con remitente de Marsella. Rápidamente subió al estudio donde aguardaba Rubén. La remitente era Parisi Nouville, Place de Lenche, Marsella, Francia. Rubén observó el sobre por fuera y acto seguido cogió un plateado abrecartas Charles Halphen. Dentro había una carta manuscrita acompañada de unos bocetos de una mujer y pendrive o lápiz óptico.

-¿Conoces a Parisi Nouvie? -preguntó Isabel intentando hacer memoria- Su nombre me es familiar.

-Cierto. No hace mucho publicó un libro sobre pintores del Renacimiento -cogió la Tablet y buscó en la base de datos-. Sí, aquí está, Parisi Nouvie, Marsella, 1980. Actualmente es profesora de Historia del Arte en École supérieure d'art et desing Marseille-Mediterranée, en el campus universitario de Luminy. Está a cargo de uno de los grupos de investigación sobre el Renacimiento. Autora de "Les maîtres de la Renaissance française (1494-1598)", además de varios artículos en revistas científicas sobre el Renacimiento nórdico o la Escuela de Fontainebleau.

Isabel pareció abstraída, explorando entre los pasillos de su memoria de qué conocía a la historiadora. Cuando Rubén sacó el libro vio su fotografía en la contraportada. Vestía elegantemente dejando entrever una constitución delgada, de pelo largo, rubio y liso que le caía sobre los hombros. La piel tenía una tonalidad blanca y sonrosada propia de la aristocracia del Versalles de Luis XIII, acorde a unos ojos de azul intenso que radiaban misterio en un rostro de facciones finas, delicadas, con unos labios que siempre marcaban una sonrisa encantadora. Era el tipo de persona que se cuidaba físicamente dando un aspecto jovial y activo. La primera sensación que Isabel tuvo era la de una joven introvertida y amante de su trabajo.

-Creo que esta chica no tiene ascendencia francesa. Sus rasgos hablan de sangre eslava -dijo Rubén adivinando los pensamientos de Isabel-. Sería interesante tener un encuentro con ella. Por cierto, ¿qué dice la carta?

Isabel desdobló varias hojas blancas escritas con letra pequeña y ascendente, óvalos cerrados, ágil y suelta, rasgos limpios, llena de bucles y adornos, sobretodo en la letra “d”.

-Efectivamente, carácter introvertido, positivo, abierta de mente, creativa y generosa. Es muy interesante.

Pero eso no fue todo. De entre los pliegues cayeron unos recortes del periódico Le Monde, concretamente de unos días antes, el martes nueve de marzo. Isabel palideció de pronto dejándola sin respiración. Tuvo que buscar la banqueta para asimilar el titular. Todo parecía ir encajando. Rubén contuvo un exceso de rabia mientras daba crédito a la noticia que decía simplemente: “Encontrado muerto el famoso experto en antigüedades Mr. Huguet”. Según las primeras investigaciones de la Gendarmería, el viejo anticuario calló desafortunadamente por las escaleras cuando se disponía a bajar a la tienda. Se descartaba la teoría del robo puesto que en la caja se encontraba gran cantidad de dinero y los libros de mayor valor no habían sido sustraídos.

-Me temo que este asunto ha girado ciento ochenta grados -dijo Rubén mientras cogía la carta.
La misiva decía:

Estimada Isabel Menat:

Hace una semana falleció mi abuela y como herencia he recibido, entre otros objetos, un baúl lleno de cartas, manuscritos, dibujos y un lienzo. Supuse que eran antigüedades de mis abuelos cuyo último deseo era el que los tuviera por su valor sentimental más que por el económico.

Rebuscando me di cuenta de que muchas de las cartas venían de la antigua Unión Soviética. Nunca supe que tenía familiares allí. Soy y me siento francesa. Como sabrá, nací hace treinta años en Marsella y toda mi vida y familia han pertenecido a esta tierra. O eso creía hasta ahora.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es un lienzo pintado con óleo y gran cantidad de bocetos. Mi abuelo era Pierre Nouvie, artesano en un taller de joyería y en sus ratos libres le gustaba pintar cuadros de distintos estilos. De ahí mi amor por el arte. Pensaba que el lienzo era de mi abuelo, aunque se distanciaba en mucho de su propio estilo. Empujada por mi curiosidad decidí viajar a París para que Mr. Huguet me diera su opinión sobre el autor. Eso fue el pasado jueves día cuatro de marzo. Hasta ahí bien si no fuera porque el sábado, día seis, alguien entró por la noche en mi casa para robar. No sé si tiene relación con el cuadro, pero veo mucha coincidencia. Y más cuando tres días después me entero por la prensa de la muerte de Mr. Huguet.

Sé que ustedes son una especie de detectives del arte. No sé si se acordará del día que nos conocimos, a finales del año 2009, en la exposición sobre el impresionista francés Edgard Degas en el Museo de Cantini de Marsella. Me dijo que investigaban todas las obras de arte que adquirían, incluido el pasado del artista. Y eso es lo que deseo. Quisiera que investigaran el origen del cuadro y su autor. Tengo la sensación de que mi vida no es la que pensé, me han estado ocultando muchas partes del pasado de mi familia y quiero saber por qué.

Les adjunto algunos bocetos y un pendrive con imágenes del cuadro que encontré en el baúl. Afortunadamente está a buen recaudo, lejos de Marsella, para que nadie pueda robarlo.
Espero recibir noticias suyas lo más pronto posible.

Atentamente,

Parisi Nouvie

Isabel introdujo el pendrive en el portátil y accedió a la carpeta principal en la que había varios archivos en formato .jpg. Se trataba de partes de un cuadro ampliadas en las que podía verse entre grandes pinceladas de colores vivos una estatua femenina dorada, medio edificio, unos jardines y un camino. Cruzó los brazos y se quedó pensativa unos segundos. Luego conectó la pantalla de plasma fijada en la pared y lanzó las imágenes para verlas con más detalle. Efectivamente se trataba de una pintura al óleo en la que se había utilizado tanto el pincel en sus distintas tipologías como la espátula para la ejecución de paisajes y determinados detalles.

-¿Me puedes pasar los bocetos? -pidió Isabel.







Cruzó la mirada entre los bocetos y una de las imágenes, concretamente la estatua dorada de mirada desafiante, blandiendo la espada de la justicia, de la victoria. Era curioso el detalle. Mientras en los bocetos la mujer miraba a la izquierda, en el cuadro lo hacía en dirección este. En cualquier caso, aunque la figura del cuadro no era muy nítida debido a las pinceladas pequeñas y cortas, pudo precisar que se trataba de la misma que había en los bocetos. Esta imagen resaltaba por sus colores amarillo y blanco claros en contraste con los pardos oscuros de la tierra y el ángulo del edificio. Posiblemente el artista quería dirigir la atención hacia la estatua a través de los distintos contrastes que había en cada plano, aunque era prematuro asegurarlo sin ver la totalidad del cuadro.

-Parece que los bocetos eran un proyecto para crear una escultura y posteriormente la plasmó en el cuadro. Si no, es imposible explicar por qué se perfilan los detalles en algunos de estos esbozos.
Isabel tenía razón, para qué molestarse en dibujar una imagen femenina con tanto detalle si finalmente la plasmación al óleo sería imprecisa. Sin duda, los bocetos tenían relación con el cuadro al que había costado la vida al viejo anticuario parisino. La cuestión era porqué, ¿qué tenía el cuadro para llegar a ese extremo? En cuanto al autor nada se sabía. En las imágenes digitalizadas no se encontraba la firma. Necesitaban ver el cuadro completo y analizarlo.

-Necesito que bajes y traigas el Desfile en la Plaza Roja. Quiero hacer una comparación.

Rubén volvió con el lienzo y lo desenrolló en la mesa del estudio. Isabel acercó la lámpara con lupa y fue observando detenidamente cada color, textura y pincelada. En algunos puntos el empaste era escaso permitiendo descubrir que la trama del lienzo era gruesa. Buscó entre las imágenes algún trazo similar y las amplió. A continuación comparó los trazos, colores, presión del pincel y cantidad de empaste para determinar si el relieve tenía la misma técnica en ambos casos. Durante un buen rato no dejó de hacer comparaciones y escribiendo notas en un cuaderno. Unas veces fruncía el ceño desaprobando una idea, como si la evidencia contradijera sus conclusiones; otras dejaba escapar una leve sonrisa de conformidad, convencida de que iba por el buen camino. Revisó sus notas y miró a Rubén con una amplia sonrisa.

-Ambos cuadros son del mismo artista. Parisi tiene un cuadro de Víktor Petrograd. No sé concretamente cual es. Nunca he visto o estudiado ese cuadro. Pero sin duda es de él.

-Eso cambia las cosas -dijo Rubén bajo un mal presentimiento-. Significa que puede haber relación entre los intentos de robo en la casa de Parisi y la tienda y el asesinato de Mr. Huguet.

-Alguien quiere ambos cuadros a costa de lo que sea.


-Será mejor que hagas el equipaje -Rubén cogió la chaqueta y cartera de cuero viejo-. Nos vamos a Marsella. Creo que allí encontraremos más respuestas.

domingo, 12 de marzo de 2017

El cuadro. Capítulo 1

- 1 -


Como un cliente más avanzó entre los coches. El parking estaba desierto. Solo el zumbido de los extractores de aire rompían un silencio incómodo, expectante. Serpenteó las columnas de hormigón con la ligereza de un gato en la noche, atento a su alrededor, hasta uno de los pasillos de circulación, cerca de la rampa de subida. La planta estaba vacía, lóbrega, sin tránsito de coches. Entre la penumbra, Rubén Carter avanzó sigiloso, escudriñando cada rincón que le indicara el lugar exacto. Según las informaciones de BJ la entrada estaba pasada la rampa, una blanca puerta de doble hoja. Se detuvo en el cruce agudizando el oído y continuó hacia el otro extremo del pasillo hasta la entrada. El trabajo era simple. Se trataba de una cerradura monopunto de gancho reforzado con dos placas de acero y cilindro 30x30. Miró a ambos lados e introdujo primero una llave de tensión con la que presionar la parte inferior de la cerradura. A continuación sacó la ganzúa ejerciendo un empuje sobre los pistones del cilindro. Con dedos de cirujano fue girando hasta oírse un pequeño clic metálico. Es entonces cuando giró el picaporte y entró de un salto hacia la oscuridad. A la espesa tiniebla le siguió un penetrante silencio, como si el extractor de aire y los coches hubieran desaparecido.

Durante unos segundos controló la respiración mientras el ritmo cardíaco descendía. Miró el reloj: las once en punto de la noche. Sacó de su mochila negra una linterna Led de 200 lúmens, suficiente para recorrer los profundos túneles que esconde Madrid, y se la acopló en la cabeza. Al encenderla una potente claridad inundó un largo pasillo cubierto de polvo gris. Ninguna marca en el suelo hacía pensar que alguien había entrado en mucho tiempo. Todo estaba intacto y eso le tranquilizó. No quería ninguna sorpresa de última hora. Caminó unos cien metros hasta llegar a una estrecha escalera de cemento que llevaba a un piso inferior. Conforme descendía sintió un cambio de temperatura en el ambiente. Ya no era el humo de los coches sino un aire rancio, espeso, acumulado en un recinto cerrado durante años. La estancia era pequeña y de techo bajo, con paredes plomizas que amortiguaban la luz de la linterna. Ni siquiera el sonido podía traspasar aquellos gruesos muros de cemento. Abrumaba la atmósfera, invadiendo esa sensación de total aislamiento del exterior. Esa soledad, esa incomunicación con la superficie, le estremecía. No era la primera vez que se sumergía en el submundo de una ciudad y, aún así, nunca se acostumbró a los espacios cerrados, sobretodo bajo toneladas de tierra y hormigón.

Miró a su alrededor hasta que pudo distinguir otra puerta metálica al fondo. Apenas podía apreciarse del resto, como si el polvo la hubiera fundido con la pared. Más que cerrada, parecía estar sellada con el marco. Limpió el exterior de la cerradura y extendió un lubricante de grasa de litio por dentro. Esperó unos segundos y ejecutó el mismo trabajo de la primera puerta. En esta ocasión se resistió hasta que en varios intentos consiguió girar. Con dificultad la abrió dando paso a unas escaleras de techo abovedado. Ya había entrado en la zona antigua de la ciudad.

Sobre unos cientos de metros por encima se encontraba la Plaza Mayor, en pleno centro de la ciudad. A partir de ahí se extendía una de las redes de túneles que Felipe IV mandó construir desde el Palacio Real. Según informó BJ, solo tenía que seguir las galerías marcadas en el mapa hasta llegar a los sótanos de un edificio próximo a Cibeles. Solo así evitaba ser detectado por las cámaras de vigilancia exteriores. Los puntos de referencia eran el Monasterio de la Encarnación y el Teatro Español, dos lugares que debía cruzar en dirección norte. No entraba directamente en los túneles reales, utilizados por el monarca para los oficios religiosos o la asistencia al teatro. Según la leyenda, cuando estas galerías se inundaban de agua, Felipe IV embarcaba en una góndola hacia el convento. Rubén miró atentamente el pasillo. No imaginaba al rey vestido de negro, rígido, con esa rígida golilla de seda bajo una Valona blanca en el cuello, agarrándose a una góndola mientras atravesaba turbias aguas. No era la imagen que tenía al recordar el cuadro de las Meninas o El cazador.

Durante quince minutos transitó dirección norte, siempre guiado por la brújula digital y el plano que BJ descargó del servidor de Urbanismo del Ayuntamiento. Lo que en principio parecía que caminaba pendiente abajo pronto notó como ascendía hasta desembocar en un cruce. Consultó el mapa y giró hacia la derecha trazando un semicírculo hasta llegar a un recinto cuadrado. Curiosamente no se cruzó con cisternas, colectores o pasos pluviales. Al contrario, aunque había cierta humedad en el ambiente, solo podía apreciarse una capa de suciedad en el suelo y muros agrietados.

En aquel cubículo encontró una plancha metálica, como si la hubieran puesto para tapar la entrada. No tenía cerradura, picaporte ni hendidura por donde hacer presión. Limpió el contorno hasta encontrar a una muesca que permitía forzarla. De la mochila extrajo una palanca de acero de carbono, la encajó en la hendidura y empujó fuertemente hacia dentro. El metal cedió un centímetro emitiendo un chasquido. Varios intentos más consiguieron que se desencajara por un lado, como la hoja de una lata de conservas. Continuó por arriba hasta recorrer todo el perímetro. Sin hacer ruido la desencajó apoyándola contra la pared. Una nueva galería continuaba hasta desembocar en unas escaleras. Cogió la mochila y el tubo portalienzos extensible y caminó hasta las escaleras. Apagó la linterna Led y pudo ver un pequeño resplandor que se filtraba por la puerta de arriba. Seguidamente escuchó un ruido de cubos que alertó a Rubén. Había llegado al edificio y parecía que no estaba solo. Con la única luz filtrándose, esperó unos minutos en silencio, apoyado en una de las paredes cerca del hueco de entrada. Pronto se apagó la luz y el ruido cesó.

Sigilosamente, con todos los sentidos en alerta, subió por la escalera hasta la puerta. Encendió la linterna calibrando el nivel de luminosidad lo suficiente para examinar la cerradura sin alertar. Como en las demás ocasiones, no supuso problema alguno el abrirla. Se trataba de un cuarto en el que había varios contenedores bajo una rampa por donde bajaba la basura de las distintas plantas. Inmediatamente salió hacia el vestíbulo, entró por las escaleras de servicio y continuó hasta el quito piso. El edificio era antiguo, ecléctico, con una mezcla de estilos decorativos en el techo y paredes que hacían recordar a principios del siglo XX. La vivienda estaba al final del pasillo, alejada del ascensor y las escaleras. Pronto reconoció la puerta: de grado segundo, fabricada con revestimiento de hierro, escaso relleno y bulones dependientes. Sin embargo le llamó la atención que la cerradura fuera cilíndrica con bombín en forma de pera y llave tipo Yale. Esperaba algo más sofisticado, con anclajes en diferentes puntos y cerraduras con bombillos anti-bumping. Pero allí estaba, dispuesta a abrirla con una llave bump. El método resultó sencillo: introducir la llave, golpear ligeramente al tiempo que se giraba para separar los pistones de los contrapistones. No obstante, el problema estaba realmente en la alarma. Por las indicaciones exteriores de la empresa de seguridad, BJ pudo deducir el sistema de seguridad de la vivienda. Este en concreto se basaba en señales de frecuencia de radio, lo que permitía descifrarlas y convertirlas. De esta forma podía evitar enviar los datos entre el sistema central de alarma y los sensores de movimiento. Y para conseguir interceptar la señal era necesario una distancia máxima de tres metros.

Sacó de la mochila un smartphone crackeado y lo activó. BJ se había encargado de modificarlo e introducir un programa para desactivar el sistema de seguridad. Pronto apareció un mensaje de búsqueda de frecuencia y debajo una franja azul que indicaba el progreso. Cuando llegó al final de la pantalla, apareció un reloj de arena seguido de innumerables mensajes en inglés:

=== Starting process ===
Loading... ok
System check… ok
Reading data… ok
Processing…

Se detuvo un momento. Rubén miró de soslayo pendiente de algún movimiento o ruido extraño en el pasillo. Se impacientaba. El smartphone continuó su actividad ajeno a todo.

Processing… ok
Download data… ok
Modifying log… ok
Saving log… ok
Activating new parameters… ok
Running command… ok
=== Process completed ===

Respiró profundamente. Acto seguido, como un autómata, sacó una llave bump y una maza de caucho para abrir la puerta. El golpe seco sobre la llave provocó un ruido en todo el pasillo que dejó sin aliento a Rubén. Permaneció atento mirando entre la penumbra. Ninguna actividad en las viviendas contiguas. Volvió a respirar profundamente terminando de girar la llave y empujó la puerta. Ahora dependía todo de la eficacia del smartphone en la desactivación de la alarma. Solo tendría diez segundo para averiguarlo una vez entrado. Cogió el tubo portalienzos y la mochila y entró en la vivienda. En el panel de alarma situado junto a la puerta podían verse todos los indicadores en verde sin parpadear. Solo la pantalla mostraba el mensaje “Open...”.

Caminó por un pasillo enmoquetado y paredes olivas tapizadas con valiosos cuadros de autores del realismo socialista ruso como Borís Kustódiev, Yuri Pímenov, Borís Iogansón o Gueli Kórzhev. La vivienda tenía un ambiente elegante, cargado con alfombras, tapices, cuadros, lámparas de araña y muebles señoriales. Su olfato como amante de las antigüedades le advirtió que estaba ante un piso de lujo cuyo inquilino tenía un gusto refinado y selectivo en cuanto al arte. Calculaba en bastante millones de euros todo aquel mobiliario haciendo una tasación por lo bajo. Pocas veces había caminado por una “cueva del tesoro” como aquella sin contar museos y tiendas de antigüedades. Ignacio Gorján apenas le había hablado del inquilino y ahora estaba totalmente intrigado. Solo sabía que el cuadro que andaba buscando era robado y Gorján quería recuperarlo a cualquier precio. Podía haber contratado los servicios del mítico grupo de ladrones de arte, el Grupo de Ajedrez. Eran expertos en hacer “trabajos especiales”. Sin embargo, Gorján prefirió contar con Rubén Carter.

Al final del pasillo, cruzando varias puertas blancas que daban acceso a distintos salones y despachos, estaba situado el estudio, decorado con muebles nobles de robusto nogal y tallaje perfecto. En la pared norte, frente al escritorio, se encontraba el “Desfile en la Plaza Roja”, conmemorando la Revolución de Octubre. Se trataba de un oleo sobre lienzo que reproducía uno de los desfiles militares anteriores a 1941. Su autor era Víktor Petrograd, miembro de la Asociación de Artistas de la Rusia Revolucionaria. Rubén permaneció unos segundos observando el poderío militar soviético, con las tropas del Ejército Rojo en formación junto con unidades de la marina de guerra, caballería, artillería y carros de combate. A lo lejos, se veían las estrellas relucientes del Kremlin y a un Stalin magnánimo en la tribuna del mausoleo de Lenin.

Con sumo cuidado bajó el cuadro y desprendió el lienzo. Lo puso sobre un doble pliego de fino papel enrollándolo y guardando en el portalienzos. Desde los ventanales podía verse una ciudad aún activa, con el bullicio de coches y gente paseando camino de la Gran Vía. Miró su reloj digital: cerca de las doce y media. Del portalienzos sacó una reproducción de otro cuadro conmemorando la victoria del ejército ruso sobre Alemania. Gorján le pidió que lo hiciera para mandar un mensaje al inquilino de la vivienda: había vuelto a ganar él. Una vez colocado la nueva pintura, recogió su mochila y el tubo saliendo hacia el recibidor.

A medida que recorría el pasillo fue acercándose el ruido de unas llaves. Rubén apagó la linterna Led y permaneció inmóvil. Alguien estaba a punto de entrar. Por un momento se sintió como un ratón al final de un túnel ciego, sin salida. Buscó mentalmente otra alternativa de fuga. Le habían cortado el paso y no podía arriesgarse a esconderse en una de las amplias habitaciones. Recordó que en ese tipo de viviendas solían tener un servicio doméstico con doble salida, para que el personal encargado pudiera entrar y salir discretamente. Sí, la puerta de servicio. Una puerta que debía estar cerca de la cocina o en alguna zona donde solían estar los criados. Entre la penumbra, fue entrando en cada una de las habitaciones y pasillos del ala oeste hasta llegar a la cocina. Efectivamente, allí se encontraba una puerta normal con una simple cerradura por donde entraba y salía el personal doméstico y recibían a los proveedores. La puerta principal se cerró de golpe. Luego sonaron los distintos tonos al pulsar el teclado de seguridad y un pitido final de alarma desactivada. Manteniendo una respiración constante para evitar que el pánico le invadiera, sacó la ganzúa y la llave de tensión y abrió con mucho cuidado la puerta. Los pasos eran cada vez más cercanos. Giró el picaporte y salió a un descansillo desde donde bajaban las escaleras de servicio. Tenía que salir de aquel edificio antes de que se dieran cuenta del cambio. No quería arriesgarse más de lo necesario.

Se detuvo un instante en la planta baja cerciorándose de que el portal estuviera vacío. Giró hacia el cuarto de la basura y volvió a entrar al túnel por las escaleras. A partir de ahí todo fue confusión. Continuó con paso rápido, a veces corriendo, por las distintas galerías y pasillos, saliendo hacia distintas bifurcaciones y túneles sin salida. En varios tramos descubrió que el suelo estaba encharcado y las paredes eran distintas, de ladrillo, como si cambiara constantemente de túneles construidos en distintas épocas. El plano y la brújula no le sirvieron para nada. Estaba totalmente desorientado. Paró un momento y tomó aire. Era la una menos cuarto de la noche. Mentalmente recorrió el itinerario que había hecho desde que salió e intentó adivinar en qué parte de Madrid estaba. Lo primero que le vino a la cabeza fue el agua en el suelo y el cambio de materiales en los últimos túneles.

- Agua...agua.. -repitió al vacío-. ¿Donde puede haber agua en Madrid?… Venga, piensa. Alcantarillas, desagües… A ver... hay dos posibles lugares donde puedo estar: cerca del Banco de España o del Palacio Real.

Recordó que BJ le había hablado de búnker del Banco de España, diseñado para inundarse en caso de que alguien quisiera entrar ilegalmente. Situado a treinta y seis metros bajo tierra, la cámara acorazada estaba sobre un canal de agua subterráneo que abastecía a la fuente de la Cibeles. ¿Podría estar ahí? Calculando el tiempo que había caminado y el rumbo era poco probable. De nuevo le vino la imagen de Felipe IV en góndola. Continuó durante quince minutos más hasta llegar al final de un pasillo en el que había una pequeña abertura en la pared. Estaba llena de grafitis y marcas personales, como si los que entraban quisieran dejar constancia de su paso por allí. Una de las pintadas le llamó la atención. Se acercó y mostró una amplia sonrisa. Se trataba de un hashtag dentro de un círculo: #ULISES. Parecía que JB se había adelantado tiempo atrás. Si su marca estaba allí significaba que era un lugar seguro. Con gran dificultad entró en la pequeña abertura y se arrastró unos quinientos metros hasta un espacio amplio. Parecía un edificio abandonado.

Todo estaba lleno de polvo, había colchones sucios por el suelo, botellas de alcohol vacías, latas de cerveza y un sin fin de colillas de tabaco. Las paredes blancas habían sido agujereadas, los pilares rotos y techos desnudos, desgajados, como si de un momento a otro fueran a desplomarse. Había escombros por todas partes y ciertas zonas permanecían apuntaladas con barras de hierro o estructuras de madera. Subió a la segunda planta y se asomó a uno de los grandes ventanales. Desde allí divisó el monumento a Miguel de Cervantes, sentado bajo un pedestal mientras un Don Quijote y Sancho Panza de bronce cabalgan hacia el horizonte. A lo alto, una bola del mundo coronaba el monumento, recordando la presencia de la lengua española en todo el planeta. Rubén sonrió. Siempre le había gustado el monumento. Representaba toda su historia, si vida, sus sueños. Quizás porque tenía algo de Quijote y Sancho. Al fondo, como una isla en el océano de hormigón, el parque de la Montaña con el Templo de Debod. Rubén tomó aire fresco. Tenía la sensación de estar en dos mundos distintos. El Edificio España donde se había detenido el tiempo, silencioso, desierto y olvidado, frente a una calle de la Princesa bulliciosa, llena de turistas camino de los espectáculos de la Gran Vía. Aquel fue uno de los lugares en los que se sintió a salvo, como envuelto en una burbuja de cemento. Volvió tras sus pasos hacia la planta baja y allí buscó una puerta trasera por donde salir discretamente.

La calle del Maestro Guerrero estaba tranquila. Nadie le vio salir y tomar rumbo hacia el norte, por San Bernardino y Amaniel. Eran las una y cuarto de la noche. Como cada viernes los bares, restaurantes y pubs estaban llenos, cada uno con un tipo de clientela. Porque si de algo se caracterizaba el barrio de Conde Duque era su encanto como lugar artístico, comercial y de ocio. Pocos conocían la decoración exquisita de los locales, acogedores, entrañables y regentados por gente cercana, amable. Desde que Rubén se instaló en la Plaza de las Comendadoras de Santiago, supo que aquel era su barrio. Allí tenía de todo, tiendas con productos artesanales, tipo gourmet, galerías de arte, tiendas de discos y cafés con encanto. Uno de ellos, el Federal Café con su bien cuidada decoración nórdica, era al que le gustaba ir para leer el periódico, una novela o, simplemente, ver llover y pasear a la gente. En el fondo, Rubén era un romántico, un nostálgico.

Llegó hasta la plaza de las Comendadoras y miró a lo alto, hacia la vieja chimenea de la primera fábrica de cervezas Mahou. Después de tanto tiempo seguía allí, rodeada ahora de edificios, dentro de un patio, como un faro en mitad de la noche, un faro apagado, olvidado. Subió a su apartamento cansado. Deseaba tomar una ducha bien caliente, comer algo ligero y descansar. Al día siguiente tenía mucho trabajo en la tienda de antigüedades. A Isa le gustaba hacer un análisis previo de todas las piezas que conseguían, aunque fueran de paso, realizando un barrido fotográfico, cálculo de las dimensiones, características de los materiales empleados, etc., para luego catalogarlo e introducir la información en una base de datos diseñada por BJ.


Por fin estaba en casa, su hogar, su mundo. Era su paraíso personal, el lugar de recogimiento después de largas estancias fuera. La ducha le reconfortó. Se sentía vivo después de varios días de preparativos. Enfundado aún en la toalla, salió al salón mientras se secaba el pelo. Sobre la mesa el teléfono móvil emitía una luz parpadeante color rojo indicando varias llamadas. Lo desbloqueó y en el icono de WhatsApp apareció dos mensajes de Isabel Menat. Permaneció mirando unos segundos mientras contenía la respiración:


---------------------------------------------------
Ven inmediatamente. Alguien ha entrado
en la tienda
---------------------------------------------------
Está todo revuelto. Esto es una locura
---------------------------------------------------

Introducción

¿Es la historiografía y la  historiología una ciencia exacta? ¿El pasado es realmente tal y como nos la cuentan? ¿Se enseñan en los colegios la historia de manera imparcial o se adapta a las exigencias políticas, culturales, religiosas e ideológicas? ¿Qué ocurre con esa intrahistoria de la que nos habla el maestro Unamuno? En los años que he trabajado para la Fundación Tetra he visto muchas versiones de la historia. Todas ellas son legítimas bajo el punto de vista del estudioso, que las recoge según las fuentes más interesadas. Pero todas ellas suelen estar incompletas cuando se apartan elementos que no cuadran, cuando ignoran fuentes primarias y acogen otras secundarias más acordes con sus intereses. Desgraciadamente muchos documentos, manuscritos, códices u obras de arte han caído en el olvido, ocultándolos en profundos sótanos o destruyéndolos con el fin de perder la perspectiva de nuestro pasado.

Desgraciadamente, las dos devastaciones de la biblioteca de Alejandría es un episodio más. Desde la destrucción de templos egipcios en el 2040 a.C. con sus respectivas bibliotecas hasta la guerra de los Balcanes e Irak en 1992 y 2003, la humanidad ha ido perdiendo su identidad, sus raíces, para asentar nuevas bases que la haga más heterogénea, diferente. En la historia siempre se ha pretendido justificar la independencia de las minorías y la superioridad de los pueblos borrando parte del pasado, suprimiendo todo aquello que lo desmintiera. Por fortuna, el ser humano se regenera en cada ciclo y resurge como el Fénix aportando grandes maestros como los del Renacimiento. Personalmente estoy convencido de que existe una única verdad pero siempre va a ir acompañada de sus distintas versiones. La raza humana es así por naturaleza.

Todas estas reflexiones las planteé en un momento importante de mi vida. A principios del siglo XXI la Fundación Tetra estaba en su máximo esplendor financiando innumerables proyectos culturales. Por todo el mundo nos llegaban informes de nuevos hallazgos que reconstruían con mayor exactitud la historia. Las colaboraciones con Universidades se hicieron más estrechas en un constante cruce de información y análisis de datos. Sin embargo, había ciertos trabajos de limpieza de los que se encargaba la institución. Todos aquellos "residuos" que estaban fuera de la ortodoxia eran recogidos y analizados por la Fundación. Se trataba de fuentes que simplemente no tenían relevancia histórica o no se ajustaban a la realidad. De todo lo recogido se analizaba y guardaba en las cámaras subterráneas de la Fundación, permaneciendo inmóvil hasta el momento de su despertar. No se trataba de ocultarlo o hacerlo desaparecer, se pretendía reunir el mayor número de fuentes con las que poder elaborar otra posible versión de la historia, más o menos acertada. Al contrario de lo que sucede en otras instituciones académicas, en Tetra nada se daba por hecho. Para trabajar allí era necesario tener la mente abierta, ser humildes y reunir el valor de cuestionar hechos históricos que siempre los habíamos tenido por verdaderos.

Fue en esa época cuando conocí a Rubén Carter en Roma. Licenciado en Periodismo, está especializado en historia y antigüedades. Su labor sigue siendo polifacética, combinación de detective y mercenario del arte. Nunca se mezcla en asuntos turbios, aunque sí sabe moverse en cualquier ambiente que le permita encontrar y conseguir su objetivo. Podría decir que es único en su trabajo. Le gusta ser discreto, dice que con ello puede trabajar mejor y acceder a fuentes más fiables. Solo los que caminan por los intrínsecos circuitos del arte y la historia lo conocen.

Me llamó la atención su motivación, la causa por la que elige los trabajos. Aunque realmente puede considerarse un mercenario trabajando para el mejor postor, sí es cierto que hay en él cierta ética cultural. Quizás porque trabaja solo, se permite en ocasiones ir más allá del mero trabajo asignado y escudriñar por las entrañas de la historia. Es así. Su intensa curiosidad le lleva lejos en las investigaciones deseando saber qué hay de verdad en todo hallazgo. Hubiera sido un buen agente en la Fundación. Quizás el mejor.

Durante diez años he intentado sacar a la luz su trabajo. Previo al encuentro en Roma, sabía de su trabajo por los informes que nos llegaban a la Fundación. Realmente eran pocos datos, pero lo suficiente para crecer mi curiosidad. Cada  hallazgo, aunque fuera efímero o minúsculo, intrascendente para la opinión pública, representaba para mí un trabajo digno de admiración, un esfuerzo que debía ser recompensado. Como bien digo, han sido diez años insistiendo en la importancia de sacar a la luz su trabajo y permitir que la gente lo conozca tal y como ocurrió. Si hasta ahora se ha negado es porque no quiere publicidad ni fama. No trabaja para conseguir un lugar en la historia. Le gusta su trabajo, le apasiona descubrir los secretos de la historia, de la humanidad. Su labor es más bien pasional, una relación amor-odio con la historia, con el mundo, que no puede superar. Sin embargo, sabe que hay gente que necesita saber, descubrirse, porque descubrir el pasado es descubrirse a sí mismo. Claro que encontrará detractores. Sabe perfectamente que siempre acechan lobos dispuestos a defender su territorio. Pero también hay personas con inquietudes intelectuales, con sed de aprender, con la capacidad de sorprenderse ante un nuevo hallazgo. A todos esos de mirada ingenua pero inteligente, de grandes ojos abiertos a esa niebla que va desvelando los misterios del hombre, fascinados por los pequeños descubrimientos, a todos ellos les debe su trabajo.

Sin embargo, cierto día cambió de parecer. No sé las circunstancias que lo llevaron a tomar esa decisión. Simplemente accedió. No pude ocultar mi sorpresa, con cierto toque de incredulidad, cuando me lo dijo en su estudio. Junto a él había varias cajas y archivadores con abundante documentación, dossier, informes, notas manuscritas, fotografías y mapas. La gran mayoría del material nunca ha salido a la luz y quizás no se viera si no hubiera accedido a mis peticiones. Me esperaba un largo camino de recopilación y clasificación del material antes de plasmar sus memorias por escrito. No obstante, yo también quería ir más allá. Quería también contrastar las fuentes, verificar sobre el terreno entrevistando a terceros, visitando los lugares más destacados y consultando en hemerotecas, bibliotecas privadas e instituciones públicas y privadas.

Han sido cinco años de duro trabajo. Aún no está todo concluido, hay muchos cabos sueltos que deben anudarse y enlazar, pero en general el trabajo se ha concluido. Ahora solo falta sacarlo a la luz a través de Internet con el fin de permitir que el mayor número posible de personas puedan acceder al material. Esa es una de las condiciones que me ha impuesto Rubén.

Debo advertirle que el material es muy denso por lo que he optado por utilizar distintos recursos literarios a fin de hacerlo más comprensible y ameno y llegar a todo tipo de público.

Nuevamente doy las gracias a Rubén Carter por permitirme acceder a sus más íntimos secretos y conocer de primera mano qué hay detrás de la historia, de nuestra historia.


David Bruma